La comparación más común en este mercado es también la más engañosa: poner el precio de un proveedor extranjero al lado del precio de uno local y concluir que el de afuera está más barato. Casi nunca lo está, y la diferencia no es de unos pesos.
El precio que ves publicado en un sitio de otro país es el precio de salida, no el de llegada. Entre uno y otro se acumulan varias capas, y el comprador casi nunca las suma antes de decidir.
Sumadas, esas capas convierten con frecuencia un ahorro aparente en un sobrecosto real. Y todavía falta la parte que no se puede poner en una hoja de cálculo.
Un paquete detenido no es un inconveniente menor. Puede quedarse semanas, puede pedir documentación que un comprador particular no tiene, y puede no llegar nunca. Cuando eso ocurre, el dinero ya salió y el reclamo con un vendedor en otro país es, en la práctica, muy difícil.
A eso se suma el tiempo en tránsito, que en este tipo de material importa más que en otros productos: no es lo mismo un trayecto de dos días que uno de tres semanas con paradas en almacenes sin control de temperatura.
Un producto que ya cruzó la frontera antes de que tú lo pidieras elimina de golpe las cuatro capas de arriba y el riesgo de retención. El precio publicado es el precio final, en pesos, y el trayecto que le queda es nacional.
Esa es la razón por la que un catálogo local puede tener un precio unitario más alto que uno extranjero y aun así costarte menos. La comparación honesta no es precio contra precio: es precio puesto en tu casa contra precio puesto en tu casa, con el mismo tiempo de entrega y el mismo riesgo asumido por el vendedor.