El precio por miligramo es una herramienta útil y es la que casi todo el mundo usa. El problema no es la operación, es cuándo se aplica: solo tiene sentido comparando dos cosas que entregan la misma proporción del compuesto.
La biodisponibilidad es la fracción de una dosis que llega intacta a la circulación. Cambia radicalmente según la vía: la inyección subcutánea es la referencia práctica, y todo lo que tenga que atravesar una mucosa o el tubo digestivo entrega bastante menos.
La magnitud de esa diferencia es lo que sorprende. No hablamos de un 10 o un 20 por ciento: en varios casos documentados la vía oral entrega una fracción tan pequeña que la comparación por miligramos deja de significar nada. Comparar el $/mg de un vial contra el de una tableta, sin ajustar por eso, es comparar dos unidades distintas y llamarlas iguales.
Hay un segundo error, más simple y más común. En una tableta o en una tira, la mayor parte de la masa es excipiente: los componentes que dan cuerpo, sabor y velocidad de disolución. Los miligramos que anuncia la presentación no son necesariamente los miligramos de péptido.
Antes de dividir, hay que asegurarse de que el número del numerador y el del denominador se refieren a lo mismo: miligramos de compuesto activo, no de producto terminado.
Si la inyección entrega más, la pregunta obvia es por qué existe lo demás. La respuesta es que la vía subcutánea no siempre es viable ni deseable, y que las formas sublinguales y nasales buscan esquivar el efecto de primer paso, que es la degradación que sufre un compuesto al pasar por el intestino y el hígado antes de llegar a circulación.
Qué tanto lo logran depende del compuesto y sobre todo de su tamaño molecular. Las moléculas grandes atraviesan mucosa con mucha dificultad, y ninguna formulación cambia eso por completo.